Smash y café


Hace algunos años que salí de una tienda de mesabancos porque estaba creando un nuevo proyecto de conferencias de varios temas y deseaba conocer el precio de estos asientos para los asistentes, me senté en una de las áreas de comida del centro comercial para pedir algo de comer y jugar un rato con el New 3DS que llevaba en la bolsa.

Mientras esperaba los alimentos comencé a jugar un rpg del que estaba enamorada, Xenoblade. Cuando terminé de comer vi que había mucha gente en la zona por lo que decidí hacer algo que siempre realizaba cuando estaba ante mucho gente y con el 3DS a la mano, poner el juego más famoso de peleas de Nintendo, el Super Smash Bross, e intentar encontrar personas dispuestas a querer jugar conmigo. Saqué el cartucho de Xenoblade, puse el Smash y armé un grupo abierto de manera local para que alguien se uniera. Confiezo que nunca había tenido el privilegio de que algún jugador se una, pero nunca perdía la esperanza.

Estuve como 10 minutos esperando en lo que me comía un helado de postre cuando de la nada un jugador entró al grupo y comenzó a escocer a su personaje como si fuéramos los amigos de toda la vida. Me emocioné y miré a mí alrededor para detectar a mi contrincante, un par de mesas frente a la mía estaba sentado con el 3DS en las manos.

Escogí a mi personaje y el escenario, comenzó una de las batallas más reñidas que había tenido con un desconocido en todo el tiempo que llevo jugando Smash, y eso que lo disfruto desde que salió el Melee para Nintendo 64.

Jugamos tres partidas a muerte en el que ganaba una él y otra yo, íbamos dos uno favor mi enemigo. Como no podía dejar que las cosas que se quedarán así, lo desafié a una última pelea. Escogí a mi mejor personaje y le gané en el último instante cuando cinco segundos antes de terminar la pelea lo saqué volando por los aires.

Sentada en mi asiento escuché su grito de frustración y yo comencé a reírme ante su desesperación y mi buena suerte, o mi buena estrategia, no debo quitarme méritos. Me percaté como empezó a buscar al jugador que lo había derrotado en el último segundo, cuando volteó hacia mí y le hice señales, comenzó a reír y de la nada se puso de pie y me pidió permiso para sentarse en mi mesa, le dije que sí mientras nos presentábamos y platicábamos sobre la pelea.

Después de jugar cinco partidas más en las que quedamos empatados, me invitó un café y accedí a platicar por más de tres horas sobre nuestras vidas. Por unos cuantos meses estuvimos saliendo y jugando Smash, odiándonos porque nunca se decidía el vencedor de nuestras contiendas, siempre decidíamos terminar cuando llevábamos cinco iguales. Y aunque tal vez nunca exista un ganador, ese día que decidí dejar la partida de Smash abierta gané a un compañero de vida. Actualmente llevamos dos años y puedo jurar que esta historia es real, por si quieres dejar tu partida abierta en lugares públicos.